miércoles, 25 de febrero de 2009

Hormonas

Título: Hormonas.

Autor: *Runa*

Género: Por muy loco que suene, no tengo ni puta idea.

Aclaraciones: Todo es mío. Personajes, trama, ideas, etcétera. A quien pille plagiándome... despídase de sus extremidades.


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Estaba demasiado ensimismada en la lectura de su libro como para notar al chico atrás suyo. Andrea, la misma rubia torpe que había protagonizado un aterrizaje forzoso encima del muchacho parado detrás de ella, se encontraba sentada en una banca del parque.

En aquella memorable ocasión la chiquilla, de diecisiete años y ojos grises, había subido a un toro mecánico que la había lanzado por los aires, cayendo encima del desafortunado chico. Obviamente, Andrea se había quedado avergonzadísima después de eso.

Él, por su parte, había quedado bastante interesado en la jovencita. Quizá por eso había hecho lo indecible por ubicar a las amigas de la chica y que éstas le dijeran, al menos, cómo se llamaba. Realmente debía de gustarle muchísimo. Eso, o las hormonas adolescentes en plena efervescencia estaban haciendo su trabajo.

— ¿Andrea? —llamó él suavemente. La aludida volteó, encontrándose a un chico alto y fornido, de cabellos rizados, algo larguitos y morenos. Sus ojos, de un extraño color rojizo, la miraban expectantes.

—Eh… ¿te conozco de algún lado? —Definitivamente, la sutiliza no era el punto fuerte de la jovencita. Él enarcó una ceja. ¿Sería que no se acordaba de alguien que había visto hace tres días? A juzgar por la cara de desconcierto de Andrea, no, no se acordaba.

—Sí, soy el chico sobre el que… ¡ejem!, ‘aterrizaste’ en el centro comercial el día de San Valentín—explicó el muchacho. —Por cierto, me llamo Javier.

—Oh, eres tú. —No se notaba excepcionalmente emocionada. — ¿Te ha salido algún moretón luego del golpe?

Javier no pudo evitar reírse de la cara de preocupación -y un poco de confusión, además- de la muchachita.

“Tiene una risa muy linda” pensó Andrea, fijándose mejor en él. “Y no es feo. Claro que, mucho más guapo que Fernando, es.”

—No, no tengo ningún moretón —negó él, entre risas. — ¿Puedo sentarme a tu lado?

Señaló el espacio libre al costado de la jovencita de ojos grises. A decir verdad, ella se encontraba sentada en una banca lo bastante larga como para que cuatro personas se sentaran en ella sin problema alguno, pero una parte del espacio estaba ocupada por la mochila de la chica, y uno que otro libro.

—Es un parque libre, puedes sentarte donde quieras. —No, tampoco el ser educada era su punto fuerte. En realidad, sí era educada, pero no le gustaba que los chicos la abordaran del modo en que él lo estaba haciendo. Le gustaba que jugaran un poco más: Miraditas, sonrisas, insinuaciones silenciosas… No que, de frente, el chico se le plante delante y se presente.

Javier se sentó a su lado, omitiendo elegantemente la falta de cortesía de Andrea.

— ¿Qué estás leyendo? —preguntó, señalando el libro. Ella alzó la cubierta para mostrarle el título. El chico moreno sonrió: Si a ella le gustaba leer, entablar conversación sería mucho más fácil de lo que parecía. Javier trató de preguntarle el nombre del autor, pero la chica bufó como un gato enojado, y le contestó del modo más amable y cortante posible. “Quizá sea hora de un cambio de táctica”, pensó el muchacho.

Él, con paciencia magistral y mucho tacto, fue haciendo acotaciones sobre los libros y autores que había leído, además de opinar sobre el libro que tenía Andrea entre las manos. Poco a poco, ella fue tomando interés en lo que Javier hablaba, al punto de dejar el libro a un lado y escucharle atentamente.

—Mi saga preferida, con diferencia, es la de Tolkien —le explicaba el chico, con mucho entusiasmo. —Creó un mundo rico en fantasía, dándole a la historia inglesa mucho más interés.

—Jamás he leído a Tolkien —contestó ella, también animándose, —pero si me dijeras cuáles son sus libros, podría encontrarlos.

“O se lo ofrezco ahora, o no tendré la oportunidad nunca” pensó Javier, sonriendo.

—En realidad… ¿qué te parece si vamos juntos a la librería, y te ayudo a encontrar sus libros? —ofreció él, componiendo una encantadora sonrisa. Sus ojos rojizos brillaban con ilusión, cosa que Andrea no pasó desapercibida.

“No sería mala idea” meditó ella. “Él es guapo, amable, inteligente… ¿qué más puedo pedir en un chico? Espera: Si fuera Fernando, sería aún mejor. O quizá no lo fuera… ¡Argh! Malditas hormonas adolescentes.”

—Claro —contestó la joven rubia, esbozando una primera sonrisa completamente sincera. Al notarlo, el corazón de Javier hizo un doble salto mortal en su pecho y se aceleró a mil.

— ¡Fantástico! —El chico se paró de un salto. Ahora fue el turno de Andrea de reírse. — ¿Qué? ¿Tengo algo gracioso?

—Eres muy impaciente, ¿no crees? —replicó ella. —No pienso salir a ninguna librería con un completo desconocido. Así que me tendrás que responder tres preguntas.

—Ok. Dispara.

— ¿Cuántos años tienes? ¿Cuál es tu fecha de nacimiento? ¿Eres hijo único? —ametralló Andrea alegremente. Tenía sus razones para preguntar específicamente esas cosas. Todas ligadas a la psicología, en serio.

—Tengo diecinueve años. Nací el 7 de noviembre de 1989. No, tengo dos hermanos menores —respondió Javier con prontitud.

Andrea también se levantó en ese instante y con una seña de la cabeza le indicó que se pusieran en movimiento.

—Venga, que la librería la cierran temprano hoy —mencionó la chica con absoluta calma. Detrás de ella, Javier prácticamente brincó de felicidad. Había logrado entablar amistad con ella, que era lo que deseaba de momento. No sabía si sería culpa de las benditas hormonas, pero sí sabía que esa chica le gustaba. Y mucho.

1 comentario:

León dijo...

Esto te da para un libro, a ver cuando lo reunes todo y lo escribes. ^^

Lo siento, hoy no estoy inspirado. Supongo que tanto mi musa como la de Sandra andarán por algún parque pinchándose las venas con cualquier mierda.

Nos vemos